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IDIOMAS


¿Nos invaden o nos dejamos invadir?


 

 

 

No sólo en nuestro país se discute sobre la influencia en el castellano de los idiomas inglés y francés. Hay muchos países de habla hispana que se han manifestado en contra de incorporar nuevos vocablos en su léxico, pero qué ocurre cuando el hispanohablante no encuentra una acepción mejor que dejarla en el idioma original y va transformando la lengua cotidiana en un “cocoliche” de vocablos que distan de llamarse “jerga disciplinaria” para transformarse en comodidad por temor a no ser entendidos, o lo que es peor aún, por la sencilla razón de demostrar cuán “cultos” pueden ser al incorporar esos términos que tranquilamente podrían ser traducidos a nuestro idioma?

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Muchas veces como traductora me encontré con la “advertencia/sugerencia” de mi cliente de dejar determinado término en inglés porque sino el lector de ese material no lo iba a entender. No me canso de hacer docencia al respecto. La ventaja de ser traductora pública me permite salirme con la mía, ya que les aclaro que como mi traducción va firmada me responsabilizo de lo que escribo y bajo ningún concepto, si el término tiene su correspondiente en castellano lo voy a dejar en inglés y en el caso de que ese cliente fuese muy insistente, siempre aclaro en mi trabajo que la dejo en inglés a pedido del cliente pero que su traducción al castellano es tal o cual palabra.

Porqué hay que insistir tanto para que se pueda escribir o hablar como corresponde? Si, ya sé, hay muchos intereses económicos al respecto. Tema que, seguramente, debatiremos en otro momento.

Don Ramón Menéndez Pidal advirtió sobre esta invasión en los medios de comunicación ya por los años sesenta, donde “con frecuencia aparecían calcos de expresiones inglesas o francesas, barbarismos de sintáxis, vocabulario o pronunciación, rasgos fonéticos dialectales y vulgarimos inadmisibles”.

Ya pasó mucho tiempo desde entonces y fueron muchos los que intentaron aportar ideas al respecto. Hasta se decretaron leyes y sanciones para los que no hablaran o escribieran correctamente, como la ley colombiana de defensa del idioma y la ley Toubon en Francia, entre otras. La cultura y el idioma, evidentemente, no pueden ser regidas por decretos, no creo que se deba penalizar a las personas por no expresarse “bien”, pero si creo que hay que agotar todos los recursos para educarlas.

Como manifestara hace poco Don Valentín García Yebra, catedrático de griego y miembro de la Real Academia Española: “Nadie domina una lengua. La lengua está formándose continuamente. Siempre está modificándose.” Nuestra tarea, la de todos aquellos que amamos “nuestra” lengua consiste en que esta modificación no altere su esencia.

Marta Boccanelli.

mboccanelli@anyan.com.ar

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El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros los que las jugamos. Schopenhauer.

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